Destacado Ensayo hojasueltas

De la poesía como brújula

Por Nancy Hernández García

Tiempo de lectura 4 minutos.


“El poeta, como hombre, se cumple

básicamente por ser parte de la ciudad […]”

Rubén Bonifaz Nuño

Desde que los humanos son humanos, han buscado una señal que los guíe por el sendero de la vida. Así hicieron los Reyes Magos, por ejemplo, cuando buscaban al redentor y la estrella de Belén les mostró el camino; los faros salvan a los pescadores y la poesía al hombre.

A pesar de que en entregas anteriores he hablado de lo que es para mí la poesía, de cómo la percibo, me temo que pasaré la vida entera hablando de ella, tratando de definirla, de explicarla, pues también es una mariposa que se me escapa de las manos constantemente, después de leer los poemas de ciertos poetas, mi idea se modifica, aunque no en esencia: es una brújula, y como la del capitán Jack Sparrow, nos conduce hacia lo que más queremos.

“Caminante, no hay camino / se hace camino al andar”, dicen los versos más famosos de Machado, y es cierto, también, que el poeta es un caminante, un observador, o, como dicen los franceses, un flâneur, es decir, un paseante sin rumbo dispuesto a lo que la calle le proponga. Al flâneur la ciudad se le entrega sin remilgos, abierta de par en par, pone su belleza para ser admirada pero también muestra su rostro sin maquillaje, las cicatrices de un cuerpo que se antoja femenino, apetecible, misterioso…

En la poesía de Vicente Quirarte (CDMX, 1954) la ciudad adquiere carácter de personaje femenino, exalta la belleza nacida incluso de las ruinas y las vejaciones, como en el poema “Bellísima” de Eduardo Lizalde: “aun la mutilación la haría más bella”. En este ensayo me ocuparé de El peatón es asunto de la lluvia (FCE, 1999), que ya desde el título da una clave de lectura: anuncia una poesía en movimiento, originada por caminar del poeta peatón que a través de sus ojos nos hace mirar detalladamente la Ciudad de México, esta ciudad tan nuestra porque la habitamos y nos habita, por su historia y las memorias que guardamos entre sus calles; miramos la ciudad y a su vez nos mira, como en un interminable juego de espejos salido de un cuento de Borges, se bifurca y se vuelve laberinto, nos perdemos y la encontramos. Quizás en este juego radique su encanto.

¿Cómo expresar el amor por un sitio?, ¿cómo hablar de un amor que nos alienta y nos duele? Porque la ciudad también duele terriblemente en las portadas de la nota roja, en las cifras del índice de delincuencia e inseguridad que minuto a minuto aumentan y se desbordan y parecen no tener fin, en los asaltos a un conocido, a un amigo, a uno mismo… la ciudad también duele en los rostros de los menos afortunados, de los limosneros. México (la ciudad y el país) duele en cada esquina. Sin embargo, la poesía es la única forma posible, al menos una sublime, para hacerlo. En los poemas de este libro de Quirarte, uno se siente menos solo y más comprendido, en fraterna compañía con el poeta callejero que rescata la rancia belleza de esta ciudad, y de otras igualmente caminadas.

Plaza Mayor

En la terraza del viejo hotel Majestic
celebramos los oficios del viento:
montañas y nubes incendiadas
al fondo de la calle
nos devuelven imágenes perdidas
y el Sol vuelve a poner
los seres y las cosas en su sitio.
Un grupo de palomas se desprende
del sagrario barroco
y firma en el aire su victoria.
Dan ganas de decirle a la ciudad
lo que el coro festivo de albañiles
a esa mujer madura pero hermosa,
cuando el arte mayor de sus tacones
parte la plaza vespertina:
“Todavía, Señora”.

La última sexteta captura el folklor callejero, cuando los piropos eran signo de halago y no de hostigamiento, un tiempo tal vez ido… La ciudad se materializa en un cuerpo de mujer madura todavía hermosa, más hermosa que antes quizá. No obstante, también es un lugar de recuerdos non gratos al haber sido escenario y testigo del suicidio del padre:

Conjunto de lesiones (frag.)

Me llevo en los sentidos esta ciudad de olores familiares,
cuyo mercado de especias me recuerda
tus tiempos niños en San Juan de Dios,
tus libros de viajes,
las voces de árabes y judíos de la Lagunilla
y tu amor por la Historia.
Pero me gusta más llevarme el aire tenso,
la música del viento en las mezquitas,
la vida que ya no quisiste, con la que no pudiste.

Nunca compraste una cámara fotográfica,
pero de haberlo hecho, los productos
no hubieran transmitido
el fervor y el temblor de tus palabras.
Yo compré mi primera cámara
el 13 de marzo de 1980,
la misma mañana en que firmaste Martín Quirarte
en la lista de asistencia
de la Facultad de Filosofía y Letras
donde diste tu clase. A la salida
te tiraste de un puente. Para otros,
era aún el café rutinario y sorprendente
o tocar a su amante,
trémula de fiebres y carencias.
Firmaste con tu nombre
pero no con tu tinta, porque hacía mucho
habías dejado de ser tú
para ser tu fantasma.
Firmaste como si todo
fuera a surgir, como si todavía.

(Conjunto de lesiones, dijo la autopsia)

Duele este poema igual que duelen los recuerdos convertidos en fantasmas cada vez que pasamos por una calle donde dejamos un poquito de felicidad y a pesar de todo, la poesía seguirá siendo la brújula que nos guíe por la vida, la tablita que nos ayude a flotar en el mar de recuerdos que es la vida, hasta que por fin lleguemos a la playa donde termina el sufrimiento ni dolores ni angustias.

mm

México (1990). Maestra en Letras por la UNAM. Estudiosa de la literatura mexicana contemporánea, en vías de especializarse en la narrativa de José Emilio Pacheco y lectora de poesía en su tiempo libre.

Deja un comentario