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Y sin embargo, se escribe

Por Nancy Hernández García

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[dropcap]S[/dropcap]on tiempos difíciles, días de encierro que ya perdieron su sabor de días, horas que no tienen ningún color pero la ausencia de color también es un color, eso dicen los que saben, y si no les creemos, ahí está la escala de grises.

La eternidad por fin comenzó un lunes, como en el poema de Eliseo Diego, y como en el mismo poema, en vano es ya la espera. Estamos atrapados en una broma macabra de Dios escrita por Samuel Beckett al más puro estilo de Camus. Nada tiene sentido, si es que alguna vez algo lo tuvo. Nos buscamos desesperadamente porque el encierro nos condena a convivir las 24 horas del día los siete días de la semana con nosotros mismos. El yo soy yo y mi circunstancia nunca antes había tenido un sentido tan profundo como el que los últimos más de cien días de aislamiento le han dado.

Sitiados en nuestra epidermis quién sabe por cuánto tiempo más, ¿qué nos queda?, qué más se puede hacer si ya se comprobó que el trabajo en casa es prácticamente explotación laboral, si ahora las llamadas y videollamadas también han perdido su carácter espontáneo y la gente las siente más bien incómodas, una irrupción violenta a su intimidad. Estamos más que vigilados, basta con prender cualquier dispositivo digital de telecomunicación para darnos cuenta de que un ente nos vigila y no, no hablo de Dios. Él tiene mejores ocupaciones; sellarse los oídos para no escuchar el llanto y las plegarias de los desterrados hijos de Eva, por ejemplo.

En este contexto, los críticos literarios seguimos trabajando, es decir, estudiando, analizando, reflexionando qué pasa con la literatura mexicana. Si la circunstancia cambió drástica y dramáticamente, el yo también lo hizo y posiblemente con más drama (eso ya lo veremos en algunos años). El cambio es necesario y no precisamente bueno ni malo sino todo lo contrario. La literatura del xix ayudó a forjar la idea de nación entre los mexicanos, nos infundó el sentimiento de identidad, la literatura del xx nos hizo cosmopolitas y complejos, las novelas podían presenciar su propio proceso de escritura, Salvador Elizondo hizo un movimiento equivalente al del hombre en la luna al ser capaz de narrar la crónica de un instante y escandalizó las buenas conciencias de los intelectuales que no lo supieron leer porque se refirió al instante que raya entre la vida y la muerte: el placer del orgasmo, instante escurridizo per sé y del que todos hablan, aunque no lo hayan sentido nunca. En eso se parece a Dios: la gente cree en él pero no tiene rostro.

¿Y en el xxi? En el siglo xxi seguimos esperando la venida del Señor o el fin del mundo, lo que pase primero. El impensable año 2000 se avecinaba con amenazas de robots por doquier, máquinas y computadoras que enloquecerían para tomar el control de la humanidad y dominarla. No sucedió. En cambio, hubo ataques terroristas que ocuparon las primeras planas de todos los periódicos internacionales, los segmentos más largos de los noticieros… de todo lo que nos prometieron, la violencia sí llegó. Ahora se ha refinado hasta el paroxismo y prácticamente ya nos es habitual.

Escarbando entre los escombros de los primeros veinte años del siglo que vivimos, hallé un poco de optimismo y fe en sus escritores pues, aunque es un poco temprano para dar un diagnóstico de la salud de la literatura, puedo decir, a ojo de buen cubero, que sí goza de buena salud y que la ruta que va siguiendo, como en los siglos pasados, ilumina sobre todo aquello que ahora nos negamos a ver porque nos incomoda, porque las figuras estatuarias nos dijeron que la literatura ya tenía su forma rígida bien establecida, que no se podía salir del canon masculinamente elegido y que su vocabulario rimbombante también ya estaba fijo y lleno de esplendor. Retrocediendo un poco, veremos que los escritores de La Onda se mofaron de la literatura acartonada y fundaron una contracultura donde cabían los teporochos, el barrio, las adicciones, en fin, lo cotidiano y humano.

En estos veinte años ya hemos visto mucho (y peores cosas se verán, dicen que dice la Biblia), experimentos literarios que no a todos nos convencen como los poemojis, performances, etc, como si la literatura saltara de sus frascos contenedores para demostrar que es polifacética… ¿será cuestión de adaptarse? También vimos el surgimiento del libro electrónico (los románticos del papel vivimos en constante zozobra al pensar que el libro como lo conocemos pudiera desaparecer) y con asombro vemos que es posible traer una biblioteca en el bolsillo. El lado amable es que ahora podemos rolar los libros sin temor a que no nos sean devueltos. Todo está al alcance de un clic.

En este contexto de computadoras, tablets, links, internet, es evidente que el dominio lo tienen (más que nunca) lo escritores jóvenes, pues los maduritos han tenido que aprender a usar la tecnología no sólo para estar en onda, sino para no perderse del banquete que a diario presenciamos desde el otro lado de nuestras laptops. Por la pandemia, se especula que tal vez en mucho tiempo no podamos asistir a la presentación de un libro… pero es justo lo que ahora hacemos, virtualmente. Todo, incluso el libro presentado es electrónico. Así mismo conocí al autor y al editor. Nueva normalidad, le dicen. Frase que se ha pegado como garrapata a nuestro léxico diario y que usamos a la menor provocación.

Cuando decimos joven escritor, nos imaginamos a un ser que oscila entre los veinte y treinta años, o depende, porque las fronteras de la edad también se mueven a conveniencia. Pero generalmente, es lo que pensamos cuando se nos habla de alguien joven; inmadurez es otra cosa que asociamos. Zauriel Martínez no cumple con ninguno de los dos requisitos; tiene 19 años y en su escritura ya se advierte una voz propia; no podría ser de otra manera si desde los seis años se ha dedicado a leer y escribir, y a los 14 publicó su primer libro. Es muy pronto para decir que sea su voz definitiva pues, obviamente evolucionará junto con él y su trabajo.

Catarsis fallida es un poemario que contiene la vida cotidiana, sentimientos de desesperanza y resignación, su lenguaje es sencillo pero no plano ni vacío, simplemente expresa lo que quiere de manera directa, no olvida las figuras retóricas pero tampoco abusa de su uso:

Casa

Aquí hay paredes que no son paredes

de concreto, que sirven para entrar

en el aire común.

 

Aquí está el peso pa’ tus chicles,

que te huela muy bien la voz.

Es mejor que se corroa;

déjala golpearte

y cuando esté encima de ti

grítale:

¡PÚDRETE!

Aquí hay de todo menos tú,

cáele un rato

sin compromisos,

tú decides si quedarte aquí

o nunca salir.

Baste este poema para tentar el terreno de lo escrito en Catarsis fallida.

Escrito en tono irónico, todo el poemario dialoga sin embargo con la tradición y encontramos referencias a obras que nos son familiares: El principito: “Lo esencial es invisible a los ojos” y Manuel Acuña: “No se culpe a nadie de mi muerte”, entre otras que saltan por ahí durante la lectura. Llama la atención, también, la referencia a la cultura popular: los epígrafes seleccionados son la frase de un personaje de anime: “La lluvia esconde las lágrimas” (Itachi Uchicha) y dos líneas de la canción más famosa de Rockdrigo: “Cabalgo sobre sueños, innecesarios y rotos. / Prisionero iluso de esta selva cotidiana”, esta última incluso se lee tarareando. Luego, o desde el principio, el título: Catarsis fallida. Sabemos que la catarsis consiste en exteriorizar algún sentimiento o emoción para liberarnos de él y nuevamente llevar serenidad al alma. En mi experiencia de lectura, el libro me proporcionó esa liberación catártica a través de la risa, por el énfasis de la ironía y los opuestos, así que interpreto el adjetivo ‘fallida’ con su antónimo ‘lograda’.

Que este libro sea una invitación, como lo fue para mí, para acercarnos a la obra de este joven escritor, estudiante de la Universidad Virtual del Estado de Guanajuato, para dialogar con su generación y a través de esta expresión, comprender mejor nuestro propio contexto tecnológico/virtual en el que a pesar de todo se escribe porque es una forma de hacer catarsis, tan necesaria justo en estos días de confinamiento en los que somos presas fáciles de la desesperación.

Por último, me quedo con este mensaje de Zauriel, encontrado cuando lo goglié: “Simplemente lee. A veces es lo único que necesitas. Alguien ya ha pasado por lo que tú, y lo escribió. Sigue adelante. Quizá no haya un plan divino para ti, pero ya se te ocurrirá algo en el camino”.

mm

México (1990). Maestra en Letras por la UNAM. Estudiosa de la literatura mexicana contemporánea, en vías de especializarse en la narrativa de José Emilio Pacheco y lectora de poesía en su tiempo libre.

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