Columna hojasueltas

Los demonios de la nostalgia

Se llama nostalgia y sirve para

recordarnos que, por suerte,

también somos frágiles”.

Cesare Pavese

Por Nancy Hernández García

(Foto: Max Ernst: Ocell de foc)


I

¿Por qué escriben los que escriben? Es una pregunta para bailar con el insomnio de estos tiempos de claustro pues, aunque a simple vista es una tautología cuya explicación lógica sería: porque sí, porque pueden y quieren hacerlo, porque tienen talento o, nuevamente, porque sí. Sin embargo, este oroburus no satisface a nadie, debe haber algún motivo de mayor peso que responda por qué escriben los que escriben.

Desde mi experiencia, cada vez me convenzo más de que se escribe para no atragantarse con las palabras y drenar las emociones. Claro que habrá escritores más prácticos, que escriban de acuerdo a un esquema/agenda/calendario, que cumplan con sus cuartillas diarias y con un horario de tantas horas para terminar sus proyectos a tiempo… No obstante, la escritura no es mecánica, no puede ni debe serlo -aunque sí requiere de técnica; hay que tratarla con delicadeza y ceder a sus caprichos. Con esto no quiero decir que la disciplina no exista para los escritores; existe en tanto que es un oficio, pero no es tan sencillo como que dos por dos siempre será cuatro. Uno se sienta a escribir sin saber qué resultará de ello. Es una necesidad que se satisface y se obedece sin objetar.

Las razones de la escritura son tan diversas como escritores hay en el planeta, pero podría asegurar que Luis Olaf del Lago es de los míos: escribe por la necesidad de hacerlo, porque es la única manera de encausar un poco los ríos de pensamientos que suelen machacarnos y para exorcizar los demonios de la nostalgia por el Edén perdido.

II

La vida es extraña, inescrutable; durante tus estudios universitarios fuiste compañera de mucha gente, algunos de veras talentosos y otros… bueno, así es esto, qué se le va a hacer. Te acostumbraste a esta vida y aprendiste a pasear por la pequeña feria de las vanidades casi sin inmutarte, mantienes un perfil bajo, prefieres mirar. Casi en secreto escribes, para ti, pero sabes bien que si quieres dedicarte a este oficio debes perder el pudor y el miedo al escrutinio. Al escrutinio, sí, porque no te darán críticas sino que señalarán todos tus errores, con mayúsculas rojas, indelebles. No por envidia, es simplemente que todos queremos un lugar pero sólo hay unos pocos. Que gane el mejor o, en su defecto, el que tenga más amigos. Acostumbrada a deambular entre investigadores y sus egos, nada te sorprende. El mismo juego debe jugarse entre los estudiantes de posgrado, la mayoría aspirantes a un cubículo de investigación o a una clase en la Facultad, los demás están por la beca: de escritor no se vive y menos aquí.

La generación es pequeña, cuarenta y nueve alumnos repartidos entre las distintas especialidades; se forman los grupitos: los de españolas, latinoamericanas, mexicanas, modernas, clásicas. A los últimos prácticamente no los vemos, ellos son una especie aparte que sabe latín y griego, además de que son como cuatro alumnos. Los demás nos revolvemos pero no tanto. Las personalidades son diversas; te esfuerzas y no encuentras tu punto de contacto con ellos. No importa, viniste a estudiar, te interesa la investigación y la obra de tu autor, que nada te distraiga. Los alumnos de modernas, sofisticados y entusiastas, organizan un coloquio de estudiantes con el objetivo de que el coordinador del posgrado vea que las becas se están empleando de buena manera, que la inversión no está (tan) perdida porque la generación tiene algo que mostrar al público interesado (alumnos de licenciatura) sobre sus largas horas entre bibliotecas y frente a la pantalla de la laptop. El coordinador queda satisfecho, se cumplió con el objetivo. Mientras tanto, tú te diste cuenta de que pese a las diferencias de perspectiva y a la poca convivencia entre compañeros, fueron un buen equipo. Lo que pudo ser un aburrido coloquio de estudiantes fue una oportunidad para conocer a algunos, al menos para comenzar a saludarlos a partir de la siguiente clase.

Afuera el mundo es semejante, salvo que la competencia es más cruda y lo único que podrá sostenerte es tu propio trabajo. Tienes juventud y entusiasmo por la literatura mexicana, crees que tu generación puede ser como esas otras sobre las que hablan las historiografías literarias del siglo pasado; aún no se sabe quiénes son los José Emilio Pacheco, Elena Garro, Rosario Castellanos, Juan García Ponce, Inés Arredondo, José Agustín, Amparo Dávila, Efraín Huerta o si acaso hay un Octavio Paz (Premio Nobel de Literatura 2060 o algo así); mantienes el optimismo y tratas de contagiarlo entre tus colegas y amigos.

III

Cal viva es el título de un libro de cuentos breves y tristes, quizá por eso reales. El lector automáticamente siente empatía por los personajes: seres destruidos por el amor, que no les mostró la cara amable de los poemas cursis que aprendimos en la adolescencia, ni tampoco hubo un felices para siempre o la lucha del príncipe azul por salvar los obstáculos para permanecer juntos como en las historias de Corín Tellado.

Cal viva es eso: la cal en estado puro, forma física del óxido de calcio, blanquísimas cenizas de las rocas calizas que al tacto con la piel puede causar lesiones por quemadura y si salpica en los ojos, ceguera.

Abres el libro y empiezas la lectura, te gusta, te atrapa, pero la vas pausando. Aunque quisieras devorarlo porque es pequeño y la prosa realmente prometedora, lo tomas con calma para no atragantarte. Respiras, piensas un poco en lo que dicen los cuentos, dejas el libro para mañana, que ya será otro día… así transcurre tu lectura de Cal viva. Cada cuento es una pequeña catarsis hecha a fuerza de poner el dedo en la llaga, así es como las cosas dejan de doler, nombrándolas, pasando y repasándolas una y otra vez hasta que la costra sea cicatriz. Hay dolor y humanidad en este libro, sobre todo lo último, las historias entretejidas de los dolientes hijos de Eva pueden parecerse a la tuya o a la de alguno de tus amigos, en el peor de los casos: aún no lo vives.

Valiéndose del grotesco, Luis Olaf del Lago engarza veintiún historias de personajes que pueden ser cualquiera o uno mismo en distintos momentos. Libro – espejo/oráculo. Situaciones casi límite para el ser humano: desamor, trastornos alimenticios, soledad, miedo, creencias populares respecto al Más Allá. Sin embargo, los personajes no buscan la luz, se mantienen estoicos en la oscuridad que les tocó o que eligieron, agradecen el instante de belleza que tuvieron y se resignan a las cenizas de su fuego.

Leer también es confrontarse con uno mismo de la manera más cruda porque no hay intermediarios, las preguntas son directas y no se aceptan respuestas cerradas, vacilantes entre el sí y el no, van por más, y uno tiene que ahondar en su ser:

¿Qué harás con el miedo? ¿Qué harás con la falta de cordura en las calles sin mí? ¿Qué harás con los monstruos que viven entre tus sábanas despojadas de su olor?

Comerme, eso haces: comerme cada noche en el silencio de tu soledad; comer una pastilla que te ayude a dormir, a ahorcar tus ilusiones aún vivas por su regreso; una pastilla que te ayude a llorar en paz la triste ausencia de sus ecos, de sus huecos, de tu muerte en vida ahogada en una pastilla de Prozac.

Es inevitable traer a colación “Valium 10”, poema con el que Rosario Castellanos externa un sentir semejante al de “Monstruos nocturnos”: cuando uno se queda sin fuerza de voluntad le entrega su vida entera a los ansiolíticos y antidepresivos, química pura para hacernos al menos personas funcionales… en conclusión, sólo hay dos opciones: anestesiar o vencer el pasado.

mm

México (1990). Maestra en Letras por la UNAM. Estudiosa de la literatura mexicana contemporánea, en vías de especializarse en la narrativa de José Emilio Pacheco y lectora de poesía en su tiempo libre.

Deja un comentario