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La mañana debe seguir gris

Por Nancy Hernández García


Hallazgo

La novela llegó a mí como muchas de las buenas cosas: por casualidad. Un día, en un anuncio de Facebook de la Librería Jorge Cuesta leí:La mañana debe seguir gris, primera edición en Joaquín Mortiz, $300”; impulsivamente respondí un “¡Yo la quiero!”.

A principios de este ya agonizante annus horribilis, impartí un curso sobre escritoras mexicanas en la Casa de las Escritoras Mexicanas, dirigida por Cristina Liceaga, quien tuvo la genial idea de invitar a Silvia Molina (CDMX, 1946), una de las autoras analizadas en el curso, para que compartiera con nosotras –sólo tuve alumnas— su experiencia en las letras y se hiciera un diálogo. La maestra Molina muy generosamente aceptó la invitación y no sólo eso, también llevó ejemplares de su libro María de los Álamos. La niña del retrato, historia que narra en verso la vida de su madre. Por supuesto, a todas nos firmó los libros de su autoría.

Silvia Molina es mayormente conocida como autora de literatura infantil, sin embargo, los cuentos que sirvieron de eje para la clase-charla de esa mañana nada tenían que ver con este universo; “El paraíso perdido” fue el que más nos gustó. Marisol, hija de una escritora, insiste para que su madre le regale una mañana y asista, como todas las mamás, a la kermés escolar, finalmente la escritora accede y todo parece ir bien hasta que la pequeña y un amiguito van al registro civil, el niño ve a la madre acercarse y huye de la boda antes de celebrarse; Marisol se enoja tanto que parece no perdonarle nunca este hecho a su madre.

Partimos de este cuento para iniciar las preguntas: ¿cómo fueron sus inicios en la escritura?, ¿le pasó algo similar al cuento?, ¿tenía que dividir su tiempo entre la escritura y la maternidad/hogar? “Dormía temprano a mis hijas para poder escribir” fue una de sus respuestas. Eso nos llevó a una discusión sobre la diferencia entre la escritura como actividad para los hombres y para las mujeres; mientras a aquéllos no se les molesta, las mujeres deben fragmentar su tiempo para abarcar todo.

Escritura y vida no son tan opuestas, por lo menos, no siempre ni del todo. Silvia Molina nos contó también que llegó a la literatura de manera indirecta y buscando rastros de su padre, quien había sido un político muy querido en Campeche al que también le gustaba la literatura. Entonces se decidió por la Antropología en el INAH y de ahí brincó a Letras Hispánicas en la UNAM, complementó estos estudios asistiendo al taller que impartía Elena Poniatowska pero su pudor era grande y no se atrevía a mostrar su trabajo hasta que un día Elena se enojó porque nadie había escrito nada. Silvia leyó las primeras páginas de la que sería su primera novela: La mañana debe seguir gris.

Novela a cuatro manos

La ópera prima de Molina narra el romance de una joven mexicana que llega a Londres con el propósito de perfeccionar su inglés. Se aloja en el departamento de una tía, quien quiere controlarla para asegurarse de salvaguardar su virginidad. La protagonista visita algunos otros países de Europa y conoce al poeta mexicano José Carlos Becerra. Es finales de los sesenta.

La novela transcurre con el fluir de un río, a un ritmo a veces lento, a veces rápido, según las acciones. Todo desde la perspectiva de la protagonista, con lenguaje sencillo, casi coloquial, utilizando expresiones de la juventud de ese entonces y con referencias de la cultura pop como canciones de los Beatles, por ejemplo. Los personajes, principalmente la pareja protagonista, están bien definidos, se entiende que son Silvia y José Carlos –desde luego, recuerdos y experiencias ficcionalizadas—, los demás son personajes secundarios que cumplen muy bien su función de sostener el relato.

Al inicio nos recibe una especie de diario que empieza en noviembre de 1969 y termina en mayo de 1970. Lo siguiente ya es la novela. Llama la atención la forma pues da la impresión de ser una narración a cuatro manos: la de Silvia y la del poeta; antes de cada capítulo hay un fragmento de poema de Becerra y no es un poema al azar, sino que hay un diálogo entre él y el contenido del capítulo, de modo que al final se logra una unidad. Es como si José Carlos Becerra también participara activamente de la escritura de esta historia; sin sus versos, la novela estaría incompleta. Ambos lados del espejo convergen en esta escritura: Silvia es el presente y José Carlos el pasado, el tiempo detenido por la guadaña; juntos son el testimonio de un tiempo irrepetible, de la imposibilidad del amor por las diferencias, por las circunstancias, porque así es el destino. “Angustia de las cosas que son para no ser”, diría el poeta Renato Leduc.

La mañana debe seguir gris contiene también la ingenuidad de una mujer que se enfrenta al extranjero sin más armas que su inteligencia, simpatía y juventud. Una joven mexicana de los setenta que poco a poco conquista su libertad y su independencia, en todos los sentidos, lejos de su entorno familiar. El lector entra en sus pensamientos y sentimientos, pues la narración en primera persona singular y el prácticamente libre discurrir le dan fuerza a este discurso femenino que al mismo tiempo es testimonio de una historia condenada a la repetición: la pareja que se ama y se separa, pero que en el ínter vive situaciones que a todos nos gustaría vivir alguna vez.

Coda

“Escribí la novela porque en la literatura uno puede acomodar la vida como le gustaría que fuera”, finalizó Silvia Molina.

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México (1990). Maestra en Letras por la UNAM. Estudiosa de la literatura mexicana contemporánea, en vías de especializarse en la narrativa de José Emilio Pacheco y lectora de poesía en su tiempo libre.

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