Columna hojasueltas

El increíble acto de ver(te)

Por Nancy Hernández García


El ser humano está dotado de cinco sentidos: gusto, oído, olfato, tacto y vista; mencionados en orden alfabético y no por importancia o preferencia de quien escribe. ¿Cuál es el más importante?, ¿por qué nos empeñamos en asignarle más o menos importancia a alguno si el conjunto es necesario para nuestro eficaz desenvolvimiento en la sociedad? Cierto es que la pérdida de uno agudiza los demás o por lo menos alguno. Por ejemplo, si falta la vista, se agudiza el tacto, pues la piel toma su lugar; si es el oído, la vista ayuda a leer los labios y gestos del interlocutor. No obstante, ningún sentido suple al faltante, apoya a los cuatro restantes. 

En torno a la vista se ha creado un torrente de literatura, y arte en general. Muchos dichos populares se refieren a este sentido: ver para creer (se cuenta que eso dijo Santo Tomás cuando se supo que Jesús había resucitado; el incrédulo apóstol dijo que creería el milagro hasta que viera con sus propios ojos a su maestro y, no conforme, hundiera sus dedos en la herida de su costado); los ojos son la ventana del alma; donde pongo el ojo, pongo la bala; al ojo del amo engorda el caballo; cría cuervos y te sacarán los ojos; ojos que no ven, corazón que no siente; de la vista nace el amor…, por mencionar algunos. Memorable es también la imagen de los ojos de María Félix en una escena de la cinta Enamorada; mirada inmortalizada por el lente de Gabriel Figueroa. El oído se une a esta combinación porque en la escena sonaba La malagueña (qué bonitos ojos tienes debajo de esas dos cejas…) cuando sucede el close up a los ojos de la diva. La pintora Nahui Olin siempre enfatizó sus preciosos ojos verdes en los autorretratos. Cientos de poemas y canciones se han escrito a los ojos. 

El arte embellece lo que toca, pero cuando nos acercamos a los mismos objetos desde otro ángulo (disciplina), ocurre un cambio súbito. Desde la patología, por ejemplo, ver deja de ser poesía/pintura/melodía y se convierte en algo más crudo pero igualmente hermoso. El ver, acción diaria, inherente al ser humano (a todo ser vivo, pero hablamos de esta especie), despojado de la parafernalia resulta un mero acto mecánico: vemos porque tenemos ojos, no obstante, existen tabúes que limitan esa naturalidad del preciado sentido y hay también cosas sobre las que preferimos no posar la mirada. 

El patólogo Francisco González Crussí (1936), con los hilos de la ciencia médica, la literatura clásica (y el arte en general) y la vida (es decir, su experiencia como médico, vital y lo que nos es común por ser parte de la misma especie), teje una gran historia alrededor de la vista. Ver. Sobre las cosas vistas, no vistas y mal vistas (FCE, 2010) es un ensayo muy bien documentado que explora los vericuetos de este sentido. Abre las cortinas hablando del principal tabú visual: los genitales femeninos, desde siempre prohibidos a la vista masculina y por lo tanto, detonantes de su curiosidad e intensificadores del deseo de echar una miradita. 

Gustave Courbet fue contundente; pintó El origen del mundo, que es la parte inferior de un torso femenino e incluye, para escándalo de los puritanos, la vulva pintada con todos sus detalles. No hay metáfora. Ese es el origen del mundo. La vulva es el recubrimiento del aparato reproductor femenino. Materialización del más grande misterio para el sexo opuesto, razón por la que le resulta fascinante. La vista de esta parte de la anatomía femenina se destina a la ginecología; asunto exclusivo de salud que sin embargo genera incomodidad en la paciente porque es lo más íntimo de su cuerpo. Los genitales femeninos expuestos sin tapujo pueden gozarse en la industria del porno; sin embargo, persiste la curiosidad. 

La vista es indudablemente un sentido muy valioso, tanto por su función como por el gran poder que puede otorgársele. Es decir, ver nos sirve para cosas tan cotidianas como ver por dónde vamos y no tropezar o caer, banales como ver que la ropa que usamos combine y proyectemos una buena imagen a los demás, pero también se puede manipular a la sociedad a través de este sentido. El autor relata un caso médico cuya fotografía ha dividido opiniones por lo que cada quien ve (o quiere ver): 

la mañana del 19 de agosto de 1999, un fotoperiodista del USA Today fue adquirido en el quirófano donde el doctor Joseph Bruner y un equipo de neurocirujanos estaban intentando el delicado procedimiento [operación quirúrgica para corregir una spina bífida con myelomeningocele, una afección en la que la médula espinal y sus envolturas están expuestas debido a un defecto de cierre de la columna]. Los cirujanos hicieron todo esto y la operación fue un éxito. Pero, en cierto punto del acto quirúrgico, ocurrió un incidente que fue capturado en una fotografía que causó sensación en todo el mundo. Una mano diminuta, casi del tamaño del pulgar de un adulto, se asomó a través de la incisión de la pared uterina. Era, por supuesto, un miembro superior del feto que estaba siendo tratado. El fotógrafo inmediatamente capturó la imagen con su cámara. La mano del feto tenía la palma hacia abajo y los dedos ligeramente flexionados, como es normal en un feto en desarrollo. Esto permitió que el cirujano a cargo pusiera uno de sus dedos en el hueco de la mano del feto, la cual alzó una o dos veces, y después la regresó con cuidado a la cavidad uterina.

González Crussí menciona en su relato que estos sucesos no son para nada extraordinarios durante una cirugía de este tipo, más bien es cotidiano para los cirujanos, sin embargo, para el fotógrafo, completamente ajeno al ambiente médico, fue impactante ver la pequeña mano saliendo del útero. Posteriormente la imagen, titulada Mano de la esperanza, fue utilizada según los intereses de los medios y apelando a las emociones del espectador. Por supuesto, los grupos antiaborto la hicieron su estandarte, pero no olvidemos que se trata de un ser embrionario carente de conciencia, por lo tanto, el hecho corresponde a reflejos involuntarios y no a una súplica o agradecimiento, como lo afirmaron los medios de comunicación. 

Grande es el poder que puede otorgarse a la vista, sin embargo, vemos lo que queremos o estamos preparados para ver, así, no es para nada extraño que seamos capaces de ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el nuestro, es decir, a kilómetros de distancia vemos los defectos del otro y lo juzgamos, pero nos volvemos miopes a la hora de ver los propios. La dinámica de la sociedad contemporánea está basada en la vista: estándares (inalcanzables) de belleza, poder adquisitivo (vale más quien muestra sus posesiones), falsas ideas de la felicidad surgidas a partir de la exposición de las personas en redes sociales y de ahí se derivan situaciones que se tergiversan según conveniencias y tan en boga actualmente como el culto al amor propio y la felicidad eufórica. Se trata, pues, de estar a la vista de todos. 

En contraste, y lo que personalmente me parece sorprendente es la gran revolución de la micro y la macroscopía, que la óptica haya avanzado tanto hasta darnos imágenes nítidas  de células y microorganismos así como de cuerpos celestes de todos tamaños y el universo entero. Que el ojo humano sea capaz de esta maravilla debería hacernos dar gracias todos los días.

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